PEDRAFORCA Nordface



"Trío de Ases en el Pedraforca"

- Para los escaladores catalanes, el macizo del Pedraforca siempre ha estado un referente histórico desde sus primeras conquistas a principios del siglo pasado. Sus célebres pioneros se sirvieron de sus canales, agujas y paredes, para encarrilar un nuevo concepto denominado alpinismo moderno, combinando una rudimentaria técnica del uso de la cuerda con una visión mucho más amplia de las dificultades. Así pues, Lluís Estasen fue el primero en desvelar un inteligente trazado en la muralla norte (1928), que hoy en día representa uno de los itinerarios más clásicos de la montaña después de la popular vía Homedes abierta en el 35. A éste le siguieron, 20 años más tarde, las vías de Jordi Panyella "Pany", unas ascensiones más atrevidas con un mismo fin, salvar los 600 largos metros de la majestuosa y compleja cara norte. Un escenario difícil de digerir a primera vista desde cualquier ángulo, pero capaz de cautivar a toda la élite de escaladores catalanes de todas las épocas, que han dejado su huella en forma de soberbios trazados acordes con las dificultades de cada momento.



Joan Martí del Castillo


Nombres como José Manuel Anglada, Francesc Guillamón, Joan Cerdà, Heinz Pokorski, y un largo etc, tuvieron la fortuna de descubrir una a una las principales debilidades de esta vertiente, unas marcadas líneas que pronto captamos al llegar al entrañable refugio Estasen. Todos los que visitan este entorno privilegiado, sin lugar a dudas quedan abrumados por la sobredosis de calcáreo que inunda todos los rincones de una montaña con carácter, pero relegada a la 2ª división en el campestre prepirineo de l'Alt Berguedà.



Toni Cano trepando por la vía de la Grallera

En los últimos 25 años, el Pedraforca ha tolerado todos los caprichosos cambios que ha sufrido la escalada contemporánea, desde la bota dura al parabolt, mostrando un espacio específico para cada tendencia. Mientras su codiciada cara sur prácticamente a tocado fondo después de una minuciosa exploración taladro en mano, la norte ha pasado más desapercibida a las modas, rodeándose de una clientela si no más selecta, más identificada con los tradicionales valores alpinísticos. Así pues, un terreno virgen condenado al abandono, ha resucitado la ilusión de algunos asiduos, manifestando las enormes posibilidades que aún ofrece esta gran mole grisácea. Tres modernos itinerarios son el argumento de este desenlace, donde una nueva óptica descubre unas atractivas líneas bien definidas, gracias al romántico afán de unos escaladores continuamente cautivados por la magia de esta simétrica montaña.




Ricard Balaguer acabando el L1 de la Barrufets

La primera ruta en romper el hielo será la Triple Directa (2002), una evidente suma de tres resaltes en combinación perfecta, para ganar el filo de la Grallera de una forma elegante y directa. Más de 600 m de recorrido en los que destacan seis exigentes largos bien repartidos, para poner a prueba la constancia, el fondo físico y el ardor alpino. Para ardor alpino, la vía Barrufets (2005), más de 1000 m de escalada donde habrá que madrugar para bajar de día. Un duro itinerario que descubre en tres episodios, el margen izquierdo de la profunda canal del Riambau con unas perspectivas inéditas de la vertiente. Por último, la vía Joan Martí (2006), dedicada obviamente al guarda más célebre del refugio Estasen, invita a enlazar dos sugestivos tramos de la pared y ganar directamente la cima del Calderer, mediante una apasionante escalada en libre del todo variada y recomendable.




Jordi Camprubí en el L5 de la vía Joan Martí


Estas tres bonitas ascensiones son hoy por hoy, las rutas de dificultad más largas de la cara norte del "Pedra", y todo un reclamo para los más fanáticos y añorados de la sombra de las tapias alpinas por excelencia. Es por consiguiente ideal difundirlas en un trío, para mantener la esencia y el propósito de sus aperturistas: defender la escalada clásica de toda la vida en un escenario histórico, y borrar la mala reputación de una roca más digna de lo que predican las malas lenguas. En definitiva, tres competentes aventuras para poner al Pedraforca a la altura que le corresponde, con respecto al resto de las grandes y míticas rutas de los Pirineos. Es que en el Pedraforca, además de buscar setas, también se escala...


Realizando el tramo clave (L4) de la vía J. Martí



DESCRIPCIÓN DE LOS ITINERARIOS



-TRIPLE DIRECTA. 1ª asc.: 3-8-02 por Alex Vives y Armand Ballart en dos jornadas.
Dificultad: 6a oblig. Recorrido: 620 m (400 de dificultad y 220 de trepada fácil). Horario aprox.: 6/7 h.
Ruta semiequipada con espits y clavos en los pasos claves. Material: llevar el juego de fisureros y los camalots hasta el nº2.
La vía arranca a la izquierda de la canal de la Grallera por el terreno más factible, aunque ligeramente descompuesto, que lleva a la R1 bajo un gran diedro rojo característico. El segundo largo ya no afloja (V/V+) pese a que la roca paulatinamente va mejorando hasta alcanzar el tono gris en la R2. Con una corta tirada de Vº se llega a las rampas que conducen al pie del segundo tercio. Superar un marcado diedro y con tendencia a la derecha rebasar una arista donde justo al otro lado encontraremos la R5. A partir de aquí, una monolítica línea fisurada en técnica combinada (V+/A1), lleva definitivamente al filo de la compacta arista principal, que no abandonaremos hasta la base del murallón final, la Grallera en cuestión (gran cueva). Aquí descubrimos la tirada clave de la vía, un muro gris semi-fisurado con 2 espits, que se negocia serpenteando en libre muy obligado y colocando fisureros, hasta un punto donde un aéreo flanqueo a la izquierda conduce al estratégico balcón de la R10. Con un paso de A1 se sale de éste y con tendencia a la derecha se llega al pie de una consistente entosta que domina bajo el desplome final (R11). Este largo, muy espectacular y dolomítico, nos deja en la cresta cimera del punto más alto de la montaña, el Pic Superior (2498 m).

La aproximación se efectúa desde el camino del Verdet por un torrente que poco a poco se endereza hasta llegar al pie de la vía clásica de la Grallera (45 min). El descenso lo podemos realizar desde la cumbre por la izquierda hacia la enforcadura (S-E), o por la derecha cresteando hasta la canal del Verdet (W). En ambos casos calcular 1 h más bien larga. No confiarse por la asequible apariencia del croquis, la vía no regala nada y el esfuerzo físico es francamente considerable, pero la recompensa nos espera en el último tercio. Llevar agua, comida, y recrearse con la impresionante estética del entorno.




- VÍA BARRUFETS. 1ª asc.: agosto-05 por Jordi Bonet y Jordi Camprubí en múltiples ataques.
Dificultad: 6b oblig. Recorrido: 1065 m (750 de dificultad y más de 250 de trepada fácil). Horario: 9/10 h.
Itinerario prácticamente equipado con espits, parabolts y clavos. Material: llevar los fisureros, los aliens (rojo imprescindible) y juego de camalots hasta nº3.
Estamos delante de un itinerario preconcebido para disfrutar de un terreno semiequipado a tal efecto, por lo que no se trata de un trazado evidente en conjunto, sino más bien una caprichosa combinación de tramos estéticos y de calidad, que suman más de 1000 m de escalada. Ante todo destacar que el primer largo es con diferencia el más duro de toda la vía, y psicológicamente frustrante ante lo que queda. Tres partes técnicamente bien diferenciadas, configuran esta magnífica ruta, de esfuerzo mantenido y notablemente variada, que gracias a su equipamiento reseguiremos sin vacilar hasta el collado occidental del Calderer. Un primer tercio supera un potente zócalo fisurado (6b/A1) que conduce a la base del Dit del Riambau, singular gendarme que delimita el comienzo de la vía Estasen. Esta primera parte es un total contraste de dificultades y donde señala difícil, es difícil de verdad, siendo indispensable la utilización de los camalots, aliens y fisureros. Una vez superado el Dit del Riambau, hay que seguir a pie por una cornisa en ligero descenso, hasta localizar un hito+parabolt que indican el inicio del segundo capítulo, el más disfrutón y asequible con diferencia. Sólo nos entretendrá un bello largo de muro llegando a la confluencia con la vía Estasen, con respecto al resto de estas tiradas de trámite para alcanzar el tercio superior. Una traca final donde de entrada hay que rapelar a una exótica cueva, y reseguir una lógica mucho más refinada, como el extraordinario tramo de "la Trona" con su peleona fisura-chimenea que terminará con nuestras reservas. Un poco más arriba finaliza la aventura y localizamos el descenso habitual del Calderer por la enforcadura (1h). A todo esto hay que sumarle la aproximación desde el refugio por la senda que conduce al bastión central, atravesando hacia la derecha por debajo del primer zócalo característico (45 min). Esta escalada se puede considerar como una de las más largas y duras de todo el pirineo oriental incluyendo la famosa Dent d'Orlu. Atención al horario y no encantarse. Roca buena en general.



- VÍA JOAN MARTÍ. 1ª asc.: 28-8-06 por Jordi Camprubí y Armand Ballart en dos días y medio.
Dificultad: V+/6a oblig. Recorrido: 640 m (440 de dificultad + 200 m de trepada fácil). Horario: 5/6 h.
Itinerario prácticamente equipado con espits, pitones y clavos tipo "Melillas". Material: llevar el juego de fisureros y camalots hasta el nº2.
Interesante combinación que descubre una primera mitad bastante monolítica y ceñida a la lógica, con una segunda mucho más típica que casualmente acierta con la mejor salida al Calderer. Todos los largos son bonitos y entretenidos, destacando la 4ª tirada como el tramo clave de la vía donde hay que dar la talla entre espit y espit (6a con un A0). Una vez en las gradas centrales de la pared, es preciso avanzar por la diagonal más pronunciada hacia la izquierda, hasta localizar un espit con chapa azul al pie de la línea fisurada más evidente. Aquí retomamos la escalada por un terreno más fragmentado con salida atlética, hasta alcanzar una concavidad ascendente que conduce al marcado espolón central, bien fisurado y sorprendente hasta el final. De la última reunión podemos acceder a la cumbre del Calderer (2493 m), o bajar inmediatamente a pie por la izquierda hacia el Collet de la Cova, donde unas señales rojas nos llevan a la bajada por la canal del Gat, mucho más rápida y recomendable (1h). Aproximación idéntica a la de la vía Estasen (1h), y una vez dentro de la canal del Dit del Riambau, localizar un puente de roca equipado a mano izquierda que señala el inicio del itinerario. A nivel de esfuerzo, quizás sea esta la ruta más benévola en comparación con las anteriores, pero técnicamente exige un buen dominio sobre placas y fisuras de todos los calibres, con una roca buena en conjunto salvo algún tramo puntual de la parte superior. Sin lugar a dudas, una vía indispensable para impregnarse del mejor ambiente y concebir la magnitud real de esta pared, aislados de otras rutas. Un merecido homenaje a Joan Martí por sus 30 años de total dedicación al Pedraforca, como guarda del entrañable refugio Lluís Estasen.

                                                                                                    Texto: Armand Ballart.
               
               Articulo publicado en el anuario de Montañeros de Aragón  2007


MALLOS DE RIGLOS



              De aventura por los Mallos de Riglos

- Puede resultar aburrido y monótono hablar sobre Riglos a estas alturas, cuando prácticamente está todo dicho y es difícil aportar algo nuevo que seduzca al personal, pero aún así intentaré dar mi personal punto de vista sobre esta entrañable escuela aragonesa, gracias a unas intensas vivencias acaecidas el pasado año en el transcurso de dos nuevas aperturas en el Mallo Pisón y el Fire respectivamente. Ha sido todo un lujo abrir estos itinerarios en un lugar históricamente tan cautivador, y a la par conocer parte de los escaladores aragoneses más vinculados a los célebres Mallos. En sus inquietudes todavía se entremezcla la nostalgia, con las nuevas tendencias que prácticamente han enterrado los tradicionales valores de estas legendarias paredes.
Aún recuerdo aquella primera visita a Riglos a finales de los 70, cuando enfilamos de noche la cuesta del apeadero después del largo viaje en tren desde Barcelona. Una salvaje verticalidad tímidamente iluminada por las luces del pueblo, era la brutal bienvenida a un escenario totalmente diferente a nuestras habituales escaladas. Ya de día costaba digerir aquel particular terreno extraplomado sembrado de bolos, y adivinar por donde discurrían sus líneas más directas y atrevidas. Mientras que por aquel entonces las cuatro insignes vías del Pisón, eran un ansiado póker de ases reservado para los escaladores más expertos en el tema, nosotros tuvimos que conformarnos con las chimeneas y espolones secundarios hasta familiarizarnos con la atlética tarea de superar las explosivas panzas que honran sus escaladas. Además, había que echarle mucho morro y valor al asunto, dada la nefasta reputación de su equipamiento austero e inverosímil, donde el lujo a caerse no formaba parte del juego. Un tétrico panorama de cintajos, puentes de roca y pitones retorcidos, eran el fiel testimonio de las duras batallas entabladas para vencer unos severos objetivos, que tristemente se cobraron vidas humanas.


Mucho ha llovido desde entonces, y mientras el pueblo de Riglos poco ha cambiado, sus singulares mallos han terminado siendo una meca indispensable para escaladores de todas las hablas y países, que diariamente acuden para ascender por sus vías más famosas. Unos sorprendentes itinerarios tremendamente transformados para la escalada moderna, gracias a las pautas de un equipamiento excelente, y hasta generoso en muchos casos, que se traduce en un pulido baile debido a su excesiva frecuentación. En sólo 30 años, Riglos ha pasado de ser una escuela mítica y selecta, a un poderoso rocodromo de considerables proporciones gracias al influjo casi total de la escalada deportiva. Pero como en otras escuelas desgraciadamente, la ignorancia y la falta de respeto ha llevado a transgredir muchos de los conceptos básicos de la escalada, en favor de quienes no llegan a la altura de las circunstancias. Vías como la José Antonio Sanz a la Punta Frechín, por poner un ejemplo, han quedado anónimamente sepultadas por incoherentes líneas de parabolts. Nuevas chapas han florecido sigilosamente en muchos itinerarios clásicos como en el emblemático espolón del Fire, cuando siempre se ha escalado sin ellas disfrutando de la pericia e ingenio de Rabadá y Navarro. Es lamentable que Riglos haya llegado a este extremo, y más grave el que se consientan acciones como éstas sin protesta alguna. No me extraña, cuando el destino de la mayor parte de los escaladores son siempre las mismas vías, las más equipadas y pulidas de un repertorio cada vez más extenso. Pero en todos lados pasa igual, la aventura se domestica hasta tal punto que la escalada acaba siendo un pasatiempo más de la vida actual. Por suerte, aún quedan itinerarios donde encontrar el romántico placer de adivinar el mejor camino y asegurarse a la antigua usanza, lejos de la multitud y de las brillantes líneas de parabolts. Escaladas de aventura que exigen de un dominio más amplio de las dificultades, y de unos compañeros/as como mínimo mucho más experimentados.


 Toño Carasol

A lo largo de mi trayectoria he tenido la gran suerte de coincidir con buenos fanáticos de la roca y fundir nuestras experiencias en forma de nuevas vías. Uno de ellos, ha sido sin lugar a dudas Toño Carasol, un inquieto y solitario oriundo de Riglos, bien conocido por todos por su sacrificada presencia detrás de la barra del bar "El Puro". No podría asegurar si Toño conoce los mallos, pero lo que es seguro es que los mallos conocen perfectamente a Toño, desde su infancia hasta sus infinitas ascensiones por casi todas sus rutas. Gracias a este polifacético escalador que me abrió sus puertas de par en par, el pasado 2008 ha estado para mí un año especialmente vinculado a Riglos. Después de conocernos en un par de salidas por Montserrat y Ports de Beseit, Toño me confió la idea de abrir una nueva ruta en plena fachada del Mallo Pisón, para dedicársela al gran escalador francés Rainier Munsch "Bunny", tristemente fallecido en verano del 2006. "Bunny" fue todo un referente para nuestra generación, con una dilatada trayectoria de ascensiones en roca y hielo difícilmente superables, y esa humilde modestia que le hacía un personaje muy entrañable dentro del colectivo de escaladores todo-terreno.


Vista del Puro desde la vía del Bunny

El objetivo estaba fijado y el espacio reservado, para una aventura que prometía unas intensas jornadas colgados del vacío riglero. Después de un primer contacto realizado por Toño en solitario para adivinar el pasillo de entrada más idóneo, a primeros de mayo aparezco en Riglos para reemprender el proyecto cargado de energía e ilusión. Cuñas de madera, pitones variopintos, plomos y multitud de cordinos, será el principal ajuar técnico para superar uno de los mayores muros de conglomerado que tenemos en España: la cara sur del Mallo Pisón. Se trataba de subir usando los recursos de la pared sin abusar de la expansión, aprovechando al máximo los tramos de mejor roca para ir en libre y recurrir al artificial en el peor de los casos. Después de dos primeros largos bastante humanos, la salida de la R2 nos reservaba el primer obstáculo para aflorar adrenalina con un explosivo paso de plomo estratégicamente colocado entre puntas de clavos. La siguiente tirada representa sin lugar a dudas, el largo clave del itinerario.


 Artesania riglera en el L7 de la vía del Bunny


Un tramo muy obligado y expuesto conduce al primer espit de la vía, punto donde hay que esmerarse técnicamente acuñando pitones para alcanzar los dos restantes, y llegar a la ansiada repisa de la R4. A continuación tuve el primer percance, una desenfrenada caída debido al ansia de progresar en libre por terreno desconocido, muy vertical y de dudosa calidad. La roca de Riglos invita a arriesgar hasta que los antebrazos dicen basta o algún bolo decide despedirse casualmente de la pared. En tal caso la caída resulta toda una lección para desconfiar y estudiar minuciosamente cada agarre para no repetir el trance. Por suerte la mayor parte de los puentes de roca lazados aguantan como parabolts, y los vuelos son aéreos y homologados en general. A partir de la R5 la vía se centra sobre una arrogante columna extraplomada, donde de nuevo hay que emplearse a fondo, combinando las salidas en libre con los contorsionados pasos de artificial al límite del evento. Es la parte más bella de la ascensión, en compañía del famoso Puro, y con las cuerdas progresivamente separándose de la pared. Los dos últimos largos de la vía son la prueba de haber comprendido el lenguaje de la pared, tal como a "Bunny" le hubiera gustado. El día 6 de junio conocimos la fortuna después de siete jornadas de intensa batalla con sus respectivas pausas; una nueva vía al Pisón quedaría impresa en nuestros recuerdos, avivando una amistad basada en la desmesurada locura por la vertical.


 Toño recuperando el L7 con el patio de mi casa

La insistencia de Toño por enseñarme otros rincones emblemáticos de Riglos, hizo que en otoño volviera junto con Remi Brescó para escalar entre otras, históricas agujas como el Tornillo y abrir un nuevo itinerario al Mallo Fire, que por casualidad había observado un día paseando por su base. Allá por la primavera del año 83, tuve la extravagante idea de abrir una vía en el Fire a la izquierda de la Rabadá-Navarro, con la nefasta sorpresa de encontrarnos en cada largo algún rastro de que alguien ya había pasado antes por allí. Fue tal la decepción, que a una tirada de la cima decidimos dar por concluida la ascensión, y olvidarnos de aquella misteriosa línea de casuales embarques que poco después se insinuaba en la extraordinaria guía de Rafael Montaner y Fernando Orús. Actualmente esta vía coincide en gran parte con la vía Maudite Aphrodite, pero esto ya es otra historia. Abrir vía es la faceta que más me llena de la escalada, donde la roca te conduce y la duda despierta tu imaginación. El gustazo consiste en no encontrar nada por delante y pisar terreno virgen, por lo que en el Fire me quedó una espina clavada que ahora podía enmendar después de tantos años. Una evidente línea gris a la izquierda de la antigua vía Luis Villar era razón suficiente para descubrir junto con Remi, el camino más directo para llegar a la Punta Buzón.


  Yumareando los primeros largos del Fire


Cuando nos disponíamos a realizar los preparativos, el destino hizo que apareciera por el bar “El Puro” de Toño, Sonia Casas, una buena asidua al conglomerado riglero con ganas de experimentar nuevas sensaciones. Tras contarle nuestro propósito, no tuvo reparo alguno en brindarnos su colaboración. No hubo objeción alguna, al contrario, un trío siempre es mucho más ameno a la hora de abrir vía, tanto para las maniobras técnicas como para romper la rutina en las reuniones. Ni la roca descompuesta ni el tétrico panorama de los primeros largos le hicieron cambiar de idea, y avanzó con nosotros durante los tres días que duró la ascensión. Su agradable compañía fue todo un aliciente, y Sonia sintonizó perfectamente con la labor, hasta el punto de bautizar la vía como "Dos hombres y un bombón". Una ruta como las de antes, con toda la gama de pasajes para pasar un poco de miedo y entretenerse durante una jornada lejos de las miradas y el bullicio del pueblo.


  Remi Brescó llegando a la R4 de la vía del Fire


Los dos primeros largos son los más exigentes con diferencia, siendo necesario emplearse a fondo por un terreno de entrada bastante discreto, donde una buena técnica de progresión es esencial para no aterrizar en el suelo. La segunda tirada sortea la característica cicatriz por la izquierda, y una vez superada aprovecha una buena línea de roca hasta alcanzar la R2. A partir de aquí podríamos haber seguido abriendo por el flanco izquierdo de la pared, pero la lógica hacía inevitable coincidir con la vecina vía Luis Villar durante los siguientes 50 m. Una vez abandonada ésta, el itinerario prosigue por un diedro-canalizo muy elocuente, que muere al pie de un marcado espolón que no dejaremos hasta la cima. Si entramos por la vía Luis Villar y prescindimos de los dos primeros largos, puede resultar una combinación mucho más asequible, prácticamente en libre, y sin tener que llevar la maza.


Armand - Sonia Casas - Remi Brescó  "Dos hombres y un bombón"


En definitiva, después de estos gratos recuerdos y reflexiones personales, estoy seguro que en Riglos encontrareis lo que andáis buscando, siempre y cuando sepáis elegir el tipo de escalada que más os convenga. No olvidar nunca que en estas paredes se forjaron los mejores escaladores de la época, y gracias a ellos tenemos uno de los repertorios más selectos de vías clásicas del país. Está en mano de todos protegerlo, y ello no significa el facilitar sino el exigir un buen nivel al personal. Procuremos que la altura del listón sea directamente proporcional con la facultad de superación, y no con el número anclajes de una vía por muy clásica que sea.


MALLO PISÓN. Vía del Bunny (300 m ED/A3)

- 1ª asc.: 6-junio-08 por Toño Carasol y Armand Ballart después de 7 días efectivos, fijando cuerdas hasta la R7 y sin vivaquear en la pared.
- Itinerario semiequipado con 14 clavos, 12 plomos, unos 30 puentes de roca y con solo 3 espits de progresión. Reuniones bien montadas con 2 ó 3 parabolts de 10 m/m.
- Material : llevar de 10 a 15 clavos variados (algunos cortos), un bong, un buen surtido de cuñas de madera (pequeñas/medianas), 20 cintas largas, cordinos de todo tipo, un gancho, un buen juego de fisureros, algún plomo (todos los utilizados han quedado en la pared), Aliens (rojo y naranja), Camalots (1-2-3) y una guindola.
- Escalada técnicamente exigente en conjunto, con pasajes de roca delicada y tramos expuestos de difícil protección. No confiarse en los dos primeros largos porqué son los más factibles y asequibles, a partir de la R2 la historia cambia y la exposición aumenta. Hay que esmerarse a fondo en la cuarta tirada, y tras un breve respiro en la parte central, los tres últimos largos vuelven a pasar factura por su compromiso y difícil retirada. Calcular dos jornadas intensas, con posible vivac en repisas a la derecha de la R4, ó fijando 2 cuerdas de 60 m hasta la misma.



 MALLO FIRE.  Vía Dos Hombres y un Bombón (310 m ED-/A2+)

- 1ª asc.: 26-octubre-08 por Sonia Casas, Remi Brescó y Armand Ballart en 3 jornadas, fijando cuerdas hasta la R5.
- Itinerario semiequipado con 9 clavos, 12 puentes de roca y 3 espits de progresión. Reuniones montadas con espits menos la penúltima que se monta en una gran sabina en pleno espolón.
- Material: llevar unos 8 pitones muy variados, alguna cuña de madera pequeña, el juego de fisureros, cordinos, 14 cintas largas y Aliens hasta color rojo.
- Escalada delicada con un tramo laborioso de entrada, conduce a salir en libre a mitad del primer largo para alcanzar el característico rellano de la primera reunión. Una segunda tirada con la misma tónica, descubre definitivamente un terreno más ansiado aunque algo expuesto hasta la R2. El resto se realiza en libre con un grado máximo de 6b+, con una roca de aceptable a muy buena (sobretodo L6), exceptuando los primeros 50 m de la vía del todo mediocres. A partir de la mitad del quinto largo podríamos hablar de un itinerario totalmente diferente, con una roca tipo Masmut, con pasajes sinuosos, protecciones justas y mucho más asequible en conjunto. Calcular una jornada larga. Combinación interesante y más rápida entrando por la vía Luis Villar.

                                                                                           Texto: Armand Ballart

           Articulo publicado en el anuario 2009 de Montañeros de Aragón



DESCUBRIENDO ARAGÓN


DESCUBRIENDO ARAGÓN        

- Después de 30 años largos escalando y abriendo vías por las principales escuelas y macizos de la España más oriental, tengo que reconocer que para tropezar con la naturaleza más intacta hay que ir en busca de la magia de Aragón. En Catalunya cada vez somos más y la remota sensación de solitud es todo un lujo difícil de encontrar. Si bien lugares tranquilos y apartados existen en todas partes, el rumor humano siempre delata la proximidad de algún pequeño núcleo o mísera calzada por donde la gente huye de la civilización con sus máquinas andantes.


Perderse actualmente en los dominios del Maestrazgo, sí es garantía de silencio y riqueza ambiental, la combinación perfecta para unas inolvidables aventuras donde la roca es el anfitrión y las vías los manjares de un extenso y variado repertorio. Ya desde muy joven sentí una profunda atracción hacia estas rústicas tierras, colmadas de tesoros verticales que había que encontrar y explorar minuciosamente, como las Roques del Masmut en Peñarroya de Tastavins ó el Órgano de Montoro en el río Guadalope, un oasis de seducción visual cuyas líneas desafían la lucidez del mejor artista.


Que podría contar de Guara, una sierra extraordinaria cuyos cañones  han labrado la mayor fantasía rocosa prepirenáica y su terreno de aventura realmente merece este atributo. No obstante hay que convivir con la comunidad del neopreno y una rigurosa normativa que recorta muchos aspectos básicos de la montaña, como la libertad de paso o el vivac bajo las estrellas, factores que sin duda rompen el encanto del lugar.


Lo mismo que ocurre en el Parque Nacional de Ordesa, con sus limitaciones estivales y otras prohibiciones de por vida que impiden descender algunos de los cañones más emblemáticos del Alto Aragón. Es una pena no poder ver las entrañas del río Yaga, el Barranco de Angonés o la Garganta, entre otros, por el mero hecho de estar dentro de unos límites marcados por la legislación. Aún suerte que no muy lejos, en la monumental Peña Montañesa, se puede desafiar la virginidad de sus paredes sin sentirse delincuente en plena naturaleza, por el momento. Son los pros y el contra que he tenido que barajar durante mis estancias en Aragón, realizando cañones o abriendo cada uno de los más de 20 itinerarios repartidos por las provincias de Huesca y Teruel principalmente. Experiencias imborrables junto a unos compañeros de cordada dispuestos a vencer meticulosamente cada objetivo y dejar bien alto nuestro peculiar estilo montserratino. Itinerarios como la bonita Danuta Lato, Terminator o Paramainou en los muros del Masmut, la clásica vía Abraxas de Montoro, la Directa Osborne y Kundalini en la Pared de Cienfuens, y la Flecha Perdida en la Cuca de Bellostas, son un buen aperitivo para los que gustan de la escalada obligada y entretenida.


Mis tres últimas primeras consecutivas en Aragón han estado en la Peña Montañesa. Junto con Remi Brescó, tuvimos la gran suerte de superar las dos líneas más arrogantes de la inexplorada cara NW : la elocuente vía Karwendel y el escandaloso Diedro Sade, uno de los trazados más extremos de la vertiente, que nos obsequió con un vivac a "pelo" en la cumbre y una tormenta eléctrica de propina. La última aventura, junto a Ricard Darder, supuso conquistar la característica Punta Sola del Sobrarbe -tal como nosotros la bautizamos- zanjando el enigma de tal centinela intentado antaño por célebres cordadas como la formada por Anglada-Cerdà. Se trata de una colosal aguja separada de la muralla SW, cuya sugestiva silueta adivina una enorme chimenea muy visible circulando por la carretera de Escalona a Aínsa. Una vez allí, y después de una penosa y larga aproximación como auténticos rebecos, resulta que por tal chimenea pasa el "canfranero" y el trazado más asequible corresponde a una línea fisurada en el exterior del asunto.


Los tres últimos largos son la recompensa sin lugar a dudas al esfuerzo realizado, y una espectacular ascensión que nos sugiere un retroceso en el tiempo imaginando a grandes maestros como Rabadá y Navarro resolviendo tal incógnita en sus días. Una enorme satisfacción personal y el honor de pisar una cumbre virgen de estas proporciones, ha sido el mejor regalo de las tierras del Sobrarbe. Aún me quedan muchos proyectos en Aragón y espero llegar a tiempo de realizarlos. Desde el Maestrazgo al corazón del Pirineo, un agitado imperio rocoso esta esperando. Poner rumbo a estas tierras es ante todo armarse de respeto y entender el lenguaje de la naturaleza más salvaje. Hasta entonces, paciencia y felices sueños.

                                                                                                   Texto: Armand Ballart

        Articulo publicado en el libro del 75 aniv. Montañeros de Aragón  (2007)


















Armand Ballart: A Climber's Life


            Relato autobiográfico sobre la vida de un escalador.
                        Articulo publicado en la revista Alpinist  nº11 (verano 2004)              

   Armand Ballart: A Climber’s Life



     Encuentro con la naturaleza

- Ya desde muy niño, las salidas a la montaña formaron parte de la educación familiar, tan solo se trataba de pasar los domingos comiendo en el monte y poco más. Aquellos riachuelos y bosques relativamente cercanos a Barcelona, despertaron mi atracción por la montaña y los espacios libres. Faltó llegar a la pubertad (1970), para que la evasión de la gran ciudad tuviera un objetivo en concreto, alcanzar alguna modesta cumbre de la generosa geografía catalana, gracias a la afición excursionista de mi hermana y su novio. Poco a poco fui impregnándome de naturaleza cuyo recuerdo perduraba intenso los lunes en la escuela, solo faltaba liquidar la rutina semanal para llegar al sábado y de nuevo coger la mochila cargada de ilusión. A los 16 años ya me sentí capaz de organizar mis propias excursiones, solo faltaba encontrar un colega para realizarlas. El turno fue para César, compañero de estudios que pronto se aficionó a la libertad de dormir lejos de casa en plena adolescencia. Un billete de tren y un mapa serán suficientes para realizar nuestras pequeñas aventuras por las sendas y cumbres más accesibles del pirineo catalán.



Una aventura llamada escalada

- En aquella época, mi pobre visión sobre la escalada era poco más que terrorífica. Escalar era sinónimo de riesgo e imprudencia, una afición de unos pocos locos cuyas desgracias daban que hablar en la televisión y la prensa. Un deporte marginal dentro de una sociedad dominada por el fútbol y la represión franquista. No obstante, durante una de mis primeras excursiones por el macizo de Montserrat, recuerdo perfectamente un claro impulso hacia la escalada. Esta singular montaña invita por sí sola a trepar, su seductora silueta es como un cuento de hadas para un niño, tarde o temprano te cautiva la imaginación. Algo similar le ocurrió a mi amigo César cuya casualidad le llevó a coincidir con un grupo de escaladores en un refugio de montaña. Su pretensión pronto le hizo congeniar con aquellos muchachos disfrazados con hierros, casco y enormes botas, cuyos vicios formaban parte de otra galaxia. Al cabo de pocos días fue César el que, con unos conocimientos mínimos y material prestado, me arrastraba hacia una pequeña escuela cercana a la gran ciudad. Fue suficiente una breve clase de nudos en el tren, para encordarnos y superar los 15 metros verticales de la zona utilizando las técnicas más elementales. A la vuelta, el libro “Hielo, nieve y roca” de Gaston Rébuffat y la guía de escaladas de Montserrat, serán las asignaturas de culto durante los próximos meses, y la puerta hacia un nuevo mundo rebosante de dificultad y misterio. A todo esto, la nueva afición habrá que ocultarla discretamente en el ámbito familiar, aunque tarde o temprano el martillo y los pitones desvelaran el secreto. Pese a la negativa paternal, la primera inversión en la escalada fue el regalo de un “baudrier”, si me despeñaba, al menos que fuera bien atado. Paulatinamente todos los elementos del equipo serán la preferencia de mis escasos ingresos: mosquetones, pitones, cuerdas... todo un arsenal de bombero minuciosamente guardado en el armario ropero. Suerte que los artilugios de diseño en aquella época estaban aún por inventar y el material era bastante básico, tal como la escalada que encontraremos a lo largo y ancho de mi espléndido país, muy generoso en todo tipo de paredes rocosas.





Montserrat, el segundo hogar

- A poco más de 50 Km de Barcelona, Montserrat es la escuela por excelencia de Cataluña, cita obligada i asignatura pendiente para todo escalador. Su seductor relieve invita a todo tipo de rutas hasta 300 m y su técnica esencial consiste en mantenerse en equilibrio sobre un conglomerado multicolor. Esta mágica montaña será sin lugar a dudas un segundo hogar, y principal punto de referencia de mi personal estilo de escalada con 18 años recién cumplidos (1976). En esa época, Montserrat reunía un extenso repertorio de rutas clásicas por un lado, y un selecto club de vías míticas por otro. Unas vías curiosamente abiertas por destacados pioneros de la década de los 50, cuya factura exigía todo un alarde de valor y técnica muy lejos de las posteriores rutas abiertas con el uso de expansión.
Pasados unos meses navegando por todo tipo de itinerarios junto al círculo de principiantes, pronto toparía con un clan de inquietos escaladores llamados los “Piratas”. Vestidos con jerseys negros con una franja blanca, estos jóvenes autodidactas fueron capaces de repetir las vías más míticas del momento y abrir además, atrevidas rutas en algunas de las paredes más famosas del país. Conocerlos fue subirse al tren de la aventura vertical, y valorar ante todo la disciplina aperturista como el máximo exponente de esta actividad.


Vías nuevas, trabajos nuevos

- Después de un acelerado aprendizaje, el afán por abrir vías como los “Piratas” pronto me cautivó. Abrir un itinerario es una faceta donde la creatividad esta presente desde el primer metro de la vía, hasta que la ruta aparece dibujada sobre el papel, como un lienzo en blanco esperando las pinceladas precisas para asombrar al espectador. Una sabia habilidad que aprovecha las debilidades naturales de la pared para desvelar la línea más atractiva y asequible a la vez. Una estética consumida con el tiempo por el incremento irremediable de itinerarios, el problema más acusado hoy por hoy en todas las áreas de escalada. A finales de los años 70 quedaban muchos trazados evidentes por estrenar en Montserrat, y más en el resto de escuelas, que prácticamente estaban aún por explorar garantizando labor para muchos años. Pronto mis primeras vías sorprendieron al personal y fui adoptado en el club de los “Piratas” donde estaba la joven élite del momento. Ellos me enseñaron los tesoros verticales y los secretos de un estilo propio respetado y admirado por el resto de escaladores: dificultad y exposición en combinación perfecta con el uso mínimo de expansión. Una a una se sucedieron rocas, paredes y aristas montserratinas, hasta tener los recursos suficientes para desplazarme a otras áreas más lejanas y continuar con mi pasión aperturista, latente hasta nuestros días. Una perseverante empresa hecha realidad gracias a unos compañeros extraordinarios y el aporte económico personal, sin sponsors ni subvenciones. Para ello he tenido el gran honor de congeniar con grandes aperturistas de todas las edades, y la gran suerte de trabajar en lo que más me gusta, dibujar y divulgar las vías de escalada. De niño, el dibujo fue mi asignatura preferida, no me era difícil sacar una buena nota, siempre soñé que algún día llegaría a ser profesional pero ni mucho menos dibujando montañas. Con el diploma de mecánico debajo el brazo y sin experiencia, un mundo de tinta china sería la alternativa a mi futuro laboral. Montañas en blanco y negro capaces de ilustrar periódicamente las revistas más conocidas del país, y alguna que otra guía esporádica de escalada. Un trabajo creativo y muy original que exige familiarizarse con todas las escuelas, conocer sus personajes más representativos, y ofrecer al público la información más veraz, actual y contrastada. Mucho tiempo archivando croquis y fotografías para consultar y reproducir, esperando ser útiles algún día para repasar una época dorada de la historia de la escalada en España y sus protagonistas.



Relaciones verticales

- Si cualquier actividad supone una vida social más o menos compleja, mis relaciones amistosas en el mundo de la escalada han sido siempre transparentes e imprevisibles. Aunque el circulo de amigos llega a ser muy amplio en general, con el tiempo solo unos pocos responden a la hora de la verdad. La gente de montaña es muy sana, tiene las ideas muy claras y su espíritu de compañerismo invita por sí solo a relacionarse, aunque solo sea unas horas atados a una cuerda. Normalmente la cordada habitual, o sea, la del fiel compañero de fin de semana, dura algún tiempo pero a la larga el destino o alguna que otra mujer termina con el dúo. Mi exclusivo interés por abrir vías hace aún más difíciles las salidas continuadas con la misma persona, por lo que hay que alternar de compañero/ra según sus apetencias y obligaciones familiares. Disponer de libertad total es mi prioridad principal, y a ser posible trabajar en el hogar, a lo sumo la compañía de un perro que de seguro es el mejor amigo del hombre. Aunque el destino tiene la última palabra, la relación en pareja es cada día más compleja, hay que acertar en el intento y sobre todo poseer una gran dosis de paciencia y tolerancia. Ya lo he probado varias veces, pero hasta el momento solo he conseguido durar como máximo un par de años.
Durante mi trayectoria han desfilado un buen número de compañeros más o menos fanáticos, pero solo un 10% han seguido escalando con cierta frecuencia. Cabe resaltar que con la llegada de la escalada deportiva a España (83/84), muchos dejaron el estilo tradicional para dedicarse exclusivamente al grado prefabricado. Por mi parte, el estilo deportivo nunca me ha apasionado, lo veo genial como entrenamiento para luego afrontar con más grado una gran pared, por lo demás es otro deporte. Acostumbrado a abrir nuevas rutas desde abajo apurando al máximo en libre, cuando realizo alguna vía bien asegurada me da la sensación de no haber escalado nada, le falta aventura. Ya hace unos años que la gente se esta mal acostumbrando a una escalada domesticada para el gran público. La mayoría de los jóvenes empiezan por la escalada deportiva y luego no comprenden las exigencias de una pared sin equipamiento, sus dedos están bien entrenados pero su mente no. Así pues, encontrar compañeros competentes es difícil por lo general, y en estas circunstancias no me queda más remedio que reciclar al personal y procurarles unos objetivos seductores a priori. Actualmente somos muy pocos aperturistas y no cabe ninguna duda que existe un interés mutuo por conocernos e intercambiar experiencias. Nunca ha existido una escuela de aperturistas, ni siquiera un manual, es una técnica que se transmite sobre la marcha, o sea, abriendo en pared mano a mano. Me encanta enseñar mis trucos pero también aprender los de los demás. Sería muy interesante publicar un manual técnico, pero perdería todo el encanto de este artesanal oficio y solo sería teoría sobre papel. Perfeccionar el estilo representa acumular un baúl de experiencias capaces de acertar el trazado, controlar la situación, ahorrar energía, y a la larga disfrutar plenamente de la ascensión, con decisión y éxito. No cabe  duda que nuestro esfuerzo está infravalorado y siempre es el filón de las críticas. Por eso me gusta abrir en escuelas más o menos conocidas, sabes que tus vías son de dominio público y que tarde o temprano el juicio popular las aprobará o condenará. La recompensa llega cuando se vuelven clásicas y la gente te lo reconoce. Abrir un itinerario en la selva o en el Himalaya exige resolver un cúmulo de estrategias y dedicar mucha energía, tiempo y dinero a una empresa que quedará al abasto de unos pocos privilegiados, aunque aparezca en las revistas especializadas o en una página del célebre American Alpine Journal. Seguramente es el futuro de esta actividad, pero de momento aún me queda mucho terreno por explorar a tan sólo 300 Km. de casa, y muchos compañeros/as ansiosos de compartir estas aventuras y experiencias inolvidables.



Ética y encuentro con el VIº grado

- Según el diccionario, ética es lo que establece los deberes y las normas para un correcto comportamiento delante una situación. Con el tiempo la escalada genuina ha sufrido un claro deterioro por parte de los intereses humanos. Tengo la impresión que antaño solo escalaban los que realmente valían para ello, ahora muchos escalan para llenar un espacio de su tiempo libre, disfrutando en muchos casos de una aventura prefabricada que les venden en la tienda con el resto de material. Es la escalada de consumo, cuya ética poco concuerda con aquella forma de actuar de los pioneros de cada país. No cabe duda que con la evolución del material la escalada ha dado un paso de gigante, pero en contra el hombre ha retrocedido. Sería muy largo nombrar como ejemplo muchos personajes de medianos del siglo pasado, cuyas gestas sirven de referencia actualmente. Itinerarios en paredes de 1000 m abiertos en una sola jornada y con un material de museo, que hoy en día se repiten con vivac y con todo un arsenal de inventos metálicos de última generación. La esencia de la escalada solo perdura en aquellos que aceptan los cánones de la historia, siguiendo una ética razonable para culminar sus objetivos. Para mí esto es la base del asunto, lo demás es engañarse a uno mismo distorsionando los valores de la escalada. Es imposible comprender la escalada sin retroceder al pasado de la misma.
Después de cuatro años dedicado en cuerpo y alma a mis queridas áreas, ya era hora de ir al encuentro del VIº grado y viajar para ello al paraíso rocoso por excelencia: las Dolomitas (Italia). Prácticamente todos los veranos desde el año 81 al 90 los dediqué a exprimir la esencia de unas paredes rebosantes de historia y cuyos protagonistas hay que reconocer que eran unos fuera de serie. El Monte Agner, la Civetta, Marmolada, Tre Cime di Lavaredo, la Tofana di Rozes, Catinaccio... enormes lienzos de roca rebosantes de obras maestras y nostalgia vertical. Fredi Parera, Pep Masip, Lluís Lucas, Castellnou, Vílchez y otros selectos montserratinos, serán los compañeros capaces de enfrentarse a estos objetivos de envergadura que abrirán nuestro apetito alpinístico. La primera aventura dolomítica junto con Pep Masip, la Arista Norte del Monte Agner, fue una asombrosa experiencia que nos marcó para siempre el kilométrico concepto de las grandes paredes. Se trata del espolón rocoso más alto de Europa, cuyos 1.600 m de desnivel ponen a prueba la destreza para acertar el itinerario correcto, y decidir donde y cuando hay que atarse a la cuerda para ganar tiempo en un terreno de tales proporciones. Suerte que en la cima nos esperaba un acogedor refugio donde pasar la noche y recuperar fuerzas para volver al coche al día siguiente después de rodear el imponente escenario. Uno a uno fuimos explorando cada macizo dolomítico realizando los itinerarios más sugestivos, que no siempre fueron los más clásicos. Según la romántica literatura de montaña, el Monte Pelmo, la Furchetta y la Civetta, calificados como los primeros VIº de la historia, fueron nuestros objetivos más relevantes. Con Fredi y Lluís superamos el Espolón Norte de la Furchetta con unas dificultades tan extremas, que descubrimos que estábamos abriendo vía totalmente apartados del itinerario original. Fue necesaria una travesía y un rapel pendular para encontrar la línea correcta donde unos viejos clavos conducían hacia las fisuras terminales de la vía Solleder-Wiessner. Según estas expectativas, para triunfar en la cara norte del Monte Pelmo sería necesario estudiar minuciosamente la pared con prismáticos para acertar la jugada. Esta vez eran Fredi y Castellnou los compañeros de esta gran aventura de casi 900 m, donde una gran desolación nos persiguió hasta los últimos 300 m cuando tropezamos con la noche y algún que otro pitón abandonado. Un recogido vivac bajo un desplome a casi 3000 m era el testimonio de otras cordadas sorprendidas por la oscuridad ante la exigente parte final de la muralla. Nuestra decisión fue unánime: seguir adelante con los frontales. A la 1 de la madrugada alcanzamos la cumbre y una sonriente luna llena nos facilitó el complicado descenso de este singular gigante dolomítico rodeado de abismos. A las 9 de la mañana llegábamos al vehículo sin comer ni dormir durante 24 h. Por la tarde los italianos nos felicitaron por nuestra escalada a la vía Simon-Rossi, era una ascensión extrañamente repetida y en definitiva el VIº grado con las características más auténticas que habíamos realizado. Con la Civetta esperando al otro lado del valle y un potente anticiclón en el cielo, no tuvimos escusa para enfrentarnos a sus dominios realizando con éxito la Ruta Polaca a la Punta Civetta; la pionera vía Solleder aún queda pendiente para un futuro viaje a Italia. Si las Dolomitas ya son de por sí un libro abierto en la historia de la dificultad, habría que visitar las tres escuelas austríacas por excelencia: Karwendel, Wilder Kaiser y Wetterstein, para avalar la génesis del VIº grado y posible cuna del VIIº, alpinísticamente hablando. Repetir rutas de Hans Dülfer, Matthias Auckenthaler y Hias Rebitsch fue una experiencia única y un asombroso viaje en el tiempo. La destreza de estos maestros resta intacta en sus rutas, verdaderas joyas de culto donde hay que escalar con intuición descubriendo paso a paso los enigmas de la pared. ¿Como sería el VIIº grado de las modernas generaciones tirolesas?  Un atrayente artículo en un nº de la revista alemana “Bergstein” del año 84, convidaba a conocer una reciente vía abierta en la cara norte del Kleiner Lafatscher llamada “Sturmwind”, cuya estética línea cotada de VIº sup. estaba esperando su repetición. Después de una larga aproximación junto con J. Charles Peña y Lluís Lucas, la muralla apareció desafiante con su enorme diedro Auckenthaler, pero el objetivo era el moderno trazado que reseguía un diedro lateral menos definido. Tras despegar del suelo a duras penas, pude comprobar personalmente que los que habían abierto la vía eran seres de otra galaxia, y nosotros solo unos humildes españoles con 15 años de retraso. Varios largos de VIº grado obligado y expuesto era el reto, y toda nuestra experiencia la única clave para llegar a la cima. Después de varias horas de firme batalla, conseguimos vencer uno de los caprichos verticales más extremos que he realizado, y reconocer una vez más el valor y el talento de los escaladores centroeuropeos. Esta ascensión sin precedentes, fue todo un hallazgo para madurar mi estilo, y asentar el termino “obligado y expuesto” en gran parte de mis nuevos trazados. Fue necesario un viaje a Yosemite en el 92, para conocer la maravillosa escalada americana y comparar sus similitudes con respecto a nuestra ética al otro lado del Atlántico. Creo que en USA existe un respeto mucho mayor por defender un estilo propio y así se aprecia en cada una de sus célebres escuelas desde el tradicional bigwall al libre más radical.
En plena euforia de la escalada deportiva en España, la mayor parte de la gente cambió de chaqueta y se entrego de lleno al VIº grado bien equipado “Made in France”. A partir de esto dominaría la confusión general en todas las escuelas atentando la ética tradicional que unos pocos tuvimos que defender enérgicamente. Sin duda alguna, la acelerada evolución del VIº grado deportivo en España supuso un impulso notable respecto al grado europeo, pero al precio de extinguir un estilo clásico moldeado durante décadas. Actualmente el VIº grado ya es historia y el VIIº ya aparece habitualmente en muchas rutas abiertas por abajo gracias en parte a la mentalidad deportiva. Escaladores como Vinatzer, Carlesso o Rebitsch ya rozaron el listón del VIIº grado en sus días, pero solo Reinhard Karl (77), Helmut Kiene (77) o Reinhard Schiestl (79) encabezaron la clasificación general. Sería injusto omitir estos récords y muy respetable contrastarlos con la época actual, pero esto ya es un capitulo para otra historia.



Nuestras vías

- Sería ridículo comparar las dimensiones de las paredes alpinas con lo que tenemos en España, pero en cuanto a dificultad no nos quedamos cortos. He abierto rutas de poco más de 150 m como la vía "Stratos" (A3), que requieren un par de jornadas para repetirlas, son los caprichos del acrobático artificial montserratino. Sin lugar a dudas el mayor de los caprichos se lo lleva la vía "Arco Iris", uno de los desplomes más espectaculares de España que requirió muchos fines de semana de constante batalla junto a mi amigo German Folch. Con solo 19 años cada uno, fundimos nuestra energía colocando más de 130 buriles a mano, para perseguir el abismo más perfecto de la Paret dels Diables (Montserrat). Como final de fiesta, se me ocurrió montar una tirolina para acabar  alucinando colgado sobre un vacío total de 300 m. Después de esto, mi reputación aperturista quedaría bien arraigada, sobre todo en Cataluña. Si en un principio lo de abrir vías fue la escusa para ocupar los fines de semana y destacar en el ambiente, poco a poco la idea fue madurando. No tan solo se trataba de subir por una pared cualquiera sino conseguir la manera más audaz de hacerlo. En terreno fisurado no existen demasiadas incógnitas, pero en muros y placas, donde hay que adivinar el camino correcto y asegurarse convenientemente, el aprendizaje fue francamente acelerado. La escalada en diedros, empotramientos, chimeneas y agujas, era lo más corriente y lo primero en asimilar. Generalmente estas rutas son más sorprendentes que difíciles, excepto en granito o rocas muy lisas que no es el caso. Es todo un hallazgo encontrar una chimenea ó una aguja virgen a estas alturas, pero aún posible explorando nuevas zonas, una dificultad añadida que obliga a desplazarse lejos de las escuelas habituales y conocer otros lugares, pueblos y gentes en la España más profunda. En muchos casos he tenido el privilegio de ser el primero en escalar una pared y hollar su cumbre, escogiendo la línea más atractiva que con los años ha resultado clásica. Esta es mi máxima satisfacción, por encima del grado, tendencias o equipamientos. Dicen que tengo la reputación de abrir itinerarios arriesgados donde no se puede fallar, habría que preguntárselo a la pared, solo su relieve es el responsable de poder pararse para colocar un seguro en condiciones. Poca gente entiende y valora como se ha abierto una ruta, como ha sido posible equipar tal o cual paso, lo único que les importa es que la roca sea buena y la vía segura. Mis vías no son precisamente eso, son más bien un duelo con la pared que exige concentración, instinto y reconocimiento del terreno, la roca solo dirige la ascensión. En muchas ocasiones donde me he jugado el “físico” exageradamente, posteriormente hemos asegurado el paso de segundo, una estrategia usual en paredes de conglomerado donde la apertura obliga a expuestos tramos en libre. El conglomerado, la roca para mí más versátil y compleja, es la que exige una mayor atención y alarde técnico, sobre todo abriendo muros en libre y progresando en artificial extremo donde las posibilidades son muy limitadas y precarias. Una gran parte de mis trazados son en conglomerado, un terreno corriente en muchas áreas del NE español, con lugares como Riglos, Ports de Beseit, Canalda, Collegats y como no Montserrat, entre los más representativos. En el resto abunda la roca calcárea de gran calidad como en la Sierra del Montsec y todo el Levante en general, con maravillas como el Peñón de Ifach y la Sierra de Aitana. Unos lugares privilegiados para escalar en invierno, donde conseguiría un buen número de primeras durante la década de los 80, especialmente en el Peñón, un gigante de piedra erosionada capaz de cobijar unas tremendas rutas en libre sobre el mar. Sería extenso dar un repaso a todas las zonas, pero sin lugar a dudas tengo la gran suerte y terreno suficiente para seguir unos buenos años con esta afición. Una larga trayectoria que cumple ahora 25 años, con un balance de más de 300 rutas abiertas en la mitad oriental del país, principalmente en Cataluña y costa mediterránea, de entre 200 y 400 m. de desnivel y una dificultad media de ED inf. Muchas son ya grandes clásicas pulidas por la frecuentación, como las conocidas “Easy Rider” (Montserrat), “Estimball” (Pedraforca) ó “Musical Express” (Montsec), el 80% restante representa un extenso repertorio de vías poco repetidas pese a sus líneas bien definidas, factor primordial del conjunto. Cada una de ellas representa una aventura en especial, aunque siempre hay las preferidas, aquellas que han costado más tiempo y esfuerzo, y las que por una u otra razón han gustado al personal más exigente. Entre tantos kilómetros de pared explorados, solo en una ocasión he tenido que hacer un vivac "a pelo" y fue una vez superada la cara norte de la Peña Montañesa (Pirineo Aragonés). Debido a la persistente niebla, Remi Brescó y yo nos entretuvimos considerablemente buscando la vía que queríamos abrir cuyo inicio era poco definido. Cuando por fin acertamos con el objetivo, a las 11 h. de la mañana, emprendimos una ascensión mucho más difícil de lo que aparentaba donde cada nuevo largo parecía obligarnos a retroceder. A mitad de la pared, un tramo muy expuesto me tuvo casi 40 min. en un paso hasta conseguir penetrar un clavo en el sitio clave para continuar con ciertas garantías. Después de esto y ya entrada la tarde, Remi me proponía abandonar a tiempo antes de que la noche nos atrapara en las entrañas de aquel monumental diedro. Bajarse también exigía un número de circo considerable, ya que el primer tercio de la vía se accedía en travesía y descender recto significaba montar varias instalaciones de rapel por un terreno complicado y mediocre a primera vista. Mi intuición me decía que saldríamos a tiempo cuando de pronto apareció un obstáculo que no contábamos, una gran cueva de unos 20 m. de altura que habría que superar en artificial muy acrobático a contrarreloj. Una sucesión de pitones en extraplomo, condujeron a una pulida e incómoda chimenea que era la salida del abismo. Mientras recogíamos el material y corríamos en busca del largo descenso, de nuevo la niebla apareció entre el crepúsculo. Habíamos ganado a una gran pared pero éramos insignificantes ante lo que nos esperaba: una tormenta eléctrica entre la oscuridad y la niebla en una de las cumbres más aisladas de la zona. Apoyados en un bloque de piedra soportamos empapados el largometraje hasta las tantas de la madrugada, hasta que la luna impaciente apareció para aliviar la situación. Lentamente iniciamos la bajada  con las primeras luces del alba y a las 8 h llegábamos al vehiculo exhaustos. Una vez repuestos no vacilamos en bautizar la vía como el "Diedro Sade", se lo merecía sin lugar a dudas. Otras muchas anécdotas rompen la rutinaria labor aperturista, como el caso de abrir un itinerario ya abierto, como sucedió en nuestra primera visita al Peñón de Ifach. Sin saberlo, habíamos repetido una vía de los escaladores murcianos en cuyo trazado no encontramos nada, ya que básicamente sólo utilizaron empotradores y la reseña no había sido divulgada. Lo mismo me ocurrió con tres de mis itinerarios por no dejar nada puesto en la roca. La mayor sorpresa fue cuando nos robaron todo el material de la pared mientras abríamos una larga ruta de artificial extremo en Montserrat. Los ladrones se llevaron cinco cuerdas de trofeo y el material completo de tres personas. Desde entonces pocas ganas me han quedado de abrir laboriosas vías de artificial, prefiero la escala libre usando el material más básico. Actualmente, exceptuando en terrenos claramente acrobáticos, cuando me cuelgo de los estribos me da la sensación de estar haciendo el ridículo, pienso que estoy quitando la oportunidad a otro de resolver aquel pasaje en libre. No obstante, en la mayor parte de las escuelas españolas existen itinerarios de artificial que son verdaderas joyas de la escalada, especialmente en Montserrat, con dificultades desde A2 hasta A5 muy mantenidas. Por mi parte tengo muchas vías célebres de artificial y alguna hasta A4, pero a partir de los 90 he evitado al máximo esta modalidad intentando abrir siempre en libre dentro de mis posibilidades. Unas posibilidades basadas en la escalada exclusiva de fin de semana sin previo entrenamiento, una vida bohemia al 100%, y ante todo no complicarme la vida inútilmente, que los demás ya lo hacen por nosotros. En fin, en mis vías estoy seguro que encontrareis un buen cóctel de aventura cuyos ingredientes no son ninguna novedad, pero bien dosificados son el secreto para no salir indiferentes de la pared.



Montañas de papel

- Si el libro “Hielo, nieve y roca” fue el manual, y la guía de Montserrat el abecedario, hubo un libro llamado “Climb!” que nos dejó KO! a finales del 78, era la Biblia de la escalada libre americana. Gracias a sus autores, Bob Godfrey y Dudley Chelton, el impacto de sus casi 300 páginas hizo tambalear nuestro orgullo montserratino. Sus elegantes fotografías donde escalaban usando magnesio, atados a la cintura y superando considerables techos, llegaron a ser una alucinación general que nadie llegó a comprender. Justo hacia unos meses que los primeros pies de gato ocuparan el escaparate de una céntrica tienda barcelonesa cuyo reclamo era más que evidente. Acostumbrados a las botas duras aquello era inverosímil, solo faltó ver la portada de la célebre revista “Mountain”, con Ray Jardine realizando el famoso techo “Separate Reality”, asegurándose con unos artilugios llamados “Friends” que él mismo había diseñado. Estábamos a las puertas de un acontecimiento difícil de digerir y que marcaría un antes y un después en la escalada del país. Mientras llegaban increíbles imágenes del exterior, aquí aún teníamos que adivinar los itinerarios sin ningún tipo de reseñas, fuera de los lugares más conocidos que eran pocos. A finales de los años 70, España estaba aún en la prehistoria de la información vertical. Excepto una guía del Pedraforca y unos libros sobre Montserrat, no existía prácticamente nada más. Las rutas nuevas sólo llenaban algún que otro hueco en las páginas de modestas revistas como “Cordada”, “Vèrtex”, “Pyrenaica”, “Peñalara”, “Muntanya” y demás boletines vinculados a entidades excursionistas del país. Lo normal era hacer un croquis de la ruta y enviarla a alguna de éstas publicaciones donde alguien, con cierto criterio, tarde o temprano divulgaba en su breve sección alpinística. De pronto se me ocurrió la idea de difundir mediante fotocopias las reseñas de las vías, creando un intercambio directo entre la gente y un afán de coleccionismo. El fenómeno fue todo un éxito que promovió además un original diseño  de las mismas, llegando ha ser muy apreciadas por su espíritu artístico. No solo se trataba de dibujar el itinerario a la perfección, sino que además había que ilustrarlo convenientemente en combinación con su nombre, otro tema clave en que los Piratas fueron claros precursores. Hasta entonces las rutas se denominaban con el nombre del club o de los aperturistas en cuestión, nosotros rompimos el esquema empezando por la “Cósmica” (78), “Electric Ladyland” (78), “Easy Rider” (78), “Magic Stones” (78), “Flipp Matinal” (79), etc. una forma más de  manifestarse contra lo establecido que pronto arraigó, llegando en ciertas ocasiones al límite del mal gusto como en el caso de “Semen de perro viejo” (84), cada loco con su tema... Yo personalmente acostumbro a poner un nombre que dé sentido a la ascensión, o simplemente en homenaje a alguien, como por ejemplo al mítico guitarrista Jimi Hendrix con “Electric Ladyland”, uno de sus álbumes más famosos. Con estos ingredientes las vías ganaron en personalidad y sus autores en expresión, la escalada empezaba a ser algo más que una simple aventura para alcanzar la cima. A primeros de los 80 se cuestionó la gran necesidad de crear unas revistas independientes que abarcaran todos los aspectos de la escalada. Primero fue “Desnivel” en Madrid y un par de meses después “Extrem” en Barcelona, dos publicaciones llevadas por jovenes escaladores que llenaron el vacío de información y opinión general. En principio fueron la base para organizar la avalancha de nuevas rutas que se sucedieron ininterrumpidamente, y un servidor el controlador del asunto. Había que consultar la información más remota, actualizarla y añadir las novedades en sendos dibujos panorámicos de cada zona, normalmente partiendo de cero. Un trabajo de “chinos” que me ha dado a conocer y con los años ha resultado un eslabón indispensable para elaborar posteriormente las guías específicas de cada zona. Otra manera de seguir escalando en casa observando minuciosamente fotografías para entresacar los itinerarios y plasmarlos en el papel. Una labor autodidacta hecha totalmente a mano, muy lejos de los programas informáticos y del mundo digital, cuya reputación ganada “a pulso” representa la fuente de ingresos suficiente para sobrevivir, con el lujo de levantarse cuando lo pide el cuerpo y hacer el horario que convenga.
Han pasado 25 años y la información sigue fluyendo entre las páginas de las revistas hasta el punto de saturar al lector en muchos casos. La difusión sin duda estimula, pero también le quita una gran porción de encanto y aventura al tema. Hay quien necesita una reseña tan detallada que habría que repetir continuamente el itinerario para ver si están todos los clavos en su sitio. Si bien una buena información del acceso, alojamiento, aproximación y descenso será muy útil  para ganar tiempo, no me cabe la menor duda que para escalar una vía no hace falta una gran reseña, sino intuición y una buena ojeada a la pared. Por ello prefiero abrir vías, solo es necesario un mapa para localizar el lugar y mucha ilusión para culminar el objetivo.




Escalada para siempre

- Es difícil dejar una actividad tan cautivadora como la escalada cuando estás tan vinculado a ella y tu contribución se proyecta a los demás. Es la sensación de bienestar conmigo mismo que alimenta día a día la ilusión imprescindible para seguir adelante, y la seguridad de hacer  amigos nuevos que me conducirán por otros márgenes tan ó más interesantes como la senda principal, colmada de proyectos que tarde o temprano acaecen buenos recuerdos listos para contar. Una batalla constante contra el tiempo y otros adversarios, para no perder unas oportunidades de oro en forma de trazados vírgenes esperando ser resueltos. Las exigencias de un perseverante guión corregido constantemente para no desviarse de la “verticualidad” que muchos defensamos delante de plagas de parabolts y prohibiciones injustas. Parece que de un tiempo a esta parte los escaladores seamos una nueva plaga capaz de extinguir las especies más frágiles del ecosistema, y unos depredadores verticales traficantes de huevos que viven a costa de unos seres protegidos supervivientes de la caza furtiva. Nosotros somos los primeros interesados en proteger el entorno y convivir con la fauna cuanto más abundante mejor. Que más maravilloso que escalar en armoniosa compañía de los animales, auténticos dueños y señores del lugar. En varias ocasiones he sido la víctima denunciada por algún defensor de su zona predilecta. Se creen que dónde va Armand va la gente y es todo lo contrario, mis vías son un repelente garantizado contra la frecuentación y a la larga un seguro de vida para todo lo que corre y vuela. El problema viene dado en muchas ocasiones por algunos equipadores de vías, sembrando de chapas un rincón solitario que pronto termina abarrotado de gente, pero las leyes no entienden de estilos y éticas, todos los escaladores somos iguales ante la legislación. Otra dificultad añadida en la exploración de nuevas áreas, donde lo primero en toparse es con la camuflada silueta del guarda forestal y sus normas intangibles de escudo protector. Ya conozco las reuniones entre ecologistas y escaladores donde hay que negociar el terreno, todo acaba hipócritamente con un regateo descarado de intereses. Ellos tienen que defender su espacio y nosotros nuestra libertad. Sabemos que en muchas facetas de la vida pagan justos por pecadores, pero es que en la montaña en particular, cada vez más se está privando silenciosamente de la libertad de movimiento, hasta el punto de prohibir dormir en el suelo o bañarse en el río. Es la cara negativa que me hace sentir un delincuente ante la naturaleza, una impotencia que irrita e incomoda, impuesta en la mayoría de los casos por gente de despacho que raramente va al monte y tiene que justificar su sueldo de las arcas públicas. Nos espera un futuro difícil marcado por unas normativas que controlaran nuestra conducta fuera de los espacios urbanos. No será extraño que dentro de poco nos exijan una licencia para escalar y una homologación de las vías. En algunos lugares ya es preciso equipar según unas normas de seguridad, determinando una distancia prudencial entre los seguros para evitar accidentes, y no sólo en las vías deportivas en particular, sino en todo tipo de itinerarios en general. Según esto yo tendría que estar inhabilitado y mis vías reequipadas, una pesadilla que tarde o temprano será realidad aniquilando un estilo madurado durante décadas. Escuelas transformadas en pulidos rocódromos que habrá que conservar y pagar para ello, como es el caso de nuestros vecinos franceses, promotores del invento y resignados al mismo tiempo. Una gran parte del personal esta esperando que arreglen tal o cual vía para repetirla con la excusa de la transformación, un fenómeno asociado hasta en las paredes calificadas como “terreno de aventura”... Desde los años 80 están transformando la escalada para el consumidor según las leyes anónimas del mercado. Espero que el tiempo enderece la situación o como mínimo venere algunos itinerarios para la posteridad. Un aspecto difícil de comprender para muchos jóvenes que sin quererlo tomaran el relevo de un patrimonio cultural digno de preservar para futuras generaciones.



Entre la luz y el silencio

- Si profundizar en la escalada ya representa de por sí unos cuantos años de nuestra existencia, sería ridículo pasarnos toda la vida de cara a la pared. La naturaleza nos proporciona tal recital de aventuras que necesitaríamos varias vidas para quedar totalmente satisfechos. Dentro de mis modestas posibilidades he conseguido sumergirme en el océano, descender por angostos barrancos y atravesar el corazón de la montaña, unas actividades divergentes entre sí pero imprescindibles para conocer nuestro querido planeta Tierra. Mi trayectoria como buceador a principios de los 90, fue breve pero intensa. Tras el aprendizaje de rigor, tuve la oportunidad de viajar a Cuba y después al Mar Rojo, saturándome de la belleza del gran azul. Un sorprendente acuario multicolor en porciones, gracias al aire comprimido y a unas escrupulosas leyes físicas que hay que cumplir para seguir vivo, la clave del asunto. Alrededor de un centenar de inmersiones dan fe de mi pasión por el mar y sus abismos desde niño. Un fondo de oscuridad y silencio desafiando constantemente nuestro vulnerable cuerpo humano, como la cumbre más escandalosa al mejor alpinista, dos fantasías que nos hacen sentir cada día más humildes ante la naturaleza más salvaje. Con el descenso de barrancos pasa algo similar pero sin billete de vuelta, de forma que hay que seguir siempre adelante suceda lo que suceda hasta alcanzar la salida de la garganta. Una dinámica situación dentro de un accidentado pasillo de sorpresas donde el agua es el anfitrión y nosotros los invitados de la agitada fiesta. Recorrer la mayor parte de los cañones pirenaicos ha resultado ser todo un espectáculo que me ha ocupado varios veranos, y a la vez una sana alternativa para huir del calor estival de nuestras escuelas de escalada. Mi asignatura pendiente ha sido desde siempre la espeleología, un mundo aparte que hasta hace muy poco desconocía. Descender vertiginosamente 300 m hasta el corazón de la roca y continuar varios km por sus arterías hasta dar con la luz exterior, fue un buen bautizo para engancharse a esta comprometida forma de intimar con la montaña. En la última ocasión, fui solicitado para escalar por galerías verticales con el fin de explorar nuevas cavidades, una labor similar a lo de abrir vías por abajo, pero a oscuras y agarrado de las caprichosas formaciones que ofrece el terreno.



Mañana será otro día

- Esta claro que es muy difícil aburrirse a estas alturas, mientras exista algo seductor por conocer, cerca o lejos, en la tierra o en el agua, entre la luz y el silencio. Con 45 años en las espaldas, no descarto ninguna faceta de riesgo y compromiso, aparte de subirse a un avión. En escalada es ahora cuando realmente me divierto abriendo o repitiendo vías, gracias a la enorme suma de conocimientos y experiencias acumuladas. Es inevitable pasar miedo en ciertas circunstancias, pero una confianza interna y sobre todo un gran respeto por la naturaleza, son la clave para rectificar a tiempo. Muchos compañeros ya no están aquí para contarlo, siendo víctimas del destino vertical o del tráfico asesino en el peor de los casos. En la montaña nunca he tenido un disgusto grave, pero en el agua ya he salvado dos vidas. Nos movemos por terrenos donde no se puede vacilar y hay que agarrarse al sentido común, pero tengo por costumbre evitar el hielo, la nieve y todo lo que en un momento dado se pueda precipitar sobre mi cabeza. Gracias a ello y al ángel de la guarda, sigo en la brecha disfrutando al máximo del presente que el futuro esta aún por ver. Me quedan muchas rutas por resolver, muchas páginas por llenar, y muchas ganas de transmitir todo lo positivo tal como mis precursores han procurado hacer. La aventura siempre estará allí esperando, solo hay que escoger el momento más oportuno sin aferrarse a la edad. Mientras el cuerpo aguante, todo es posible dentro de lo razonable, por lo que vale la pena reservarse las actividades más moderadas para el futuro. Tengo compañeros excepcionales con más de 70 años como el matrimonio Anglada, capaces de mojarse en todos los terrenos, mantener la ilusión intacta, y dosificar meticulosamente las fuerzas para que cunda al máximo el pastel. Tanto en la montaña como en el mar, se encuentra el secreto de la eterna juventud. Quizás el aspecto de sus gentes nos pueda engañar, pero en el fondo no son más que unos chicos atrevidos, y espero no equivocarme.



                                                                                         Armand Ballart  (marzo 2004)


 
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